Introducción
Tengo que confesar algo terrible...cuando supe que Denisse estaba muriendo, no me sentí demasiado triste. Es posible que suene un poco cruel viniendo de un médico, pero es que no puedo pensar en ella sólo como en una paciente más.
En realidad, cuando tuve noticias de que iba a venir a verme después de todos estos años, casi imaginé que iba a tratarse de un acto de reconciliación.
Me pregunto que ideas cruzarán por su mente: ¿Considerará este encuentro nada más como una tentativa desesperada por salvar su vida? O tal vez, aunque su destino sea morir, desea verme una vez tanto como yo lo deseo.
¿Y su esposo? Aun en el dado caso que no le hubiese contado nada acerca de la relación que ella y yo tuvimos hace años, sin duda lo tendría que hacer ahora.
Pero sin importar lo que el piense de mí -y los sentimientos que tenga hacia mí- no podría impedir que nos reuniéramos. Después de todo, él es un hombre acostumbrado a tener todo lo mejor, y creo que en este ámbito soy el numero uno.
Ella es 5 años menor que yo, tiene 32 años, y a juzgar por los reportajes en los periódicos, es igual de hermosa o más de lo que yo recuerdo.
Se ve radiante. Demasiado llena de vida para estar gravemente enferma. Para mi, ella siempre ha sido la quinta esencia de la fuerza vital.
La actitud de Conti es formal y cortés mientras hablábamos por teléfono. Al hablar de su esposa, su voz no deja ver ningún tipo de sentimiento. En cambio, da por hecho que me pondré a su disposición.
-La señora Conti tiene un tumor cerebral, ¿podría usted recibirla enseguida?
Sin embargo, detrás de toda esa arrogancia, casi puedo reconocer que yo tengo un poder que él no tiene. A pesar de ser un hombre de negocios exitoso, no tiene facultad para hacer pactos con el Ángel de la muerte y vencerlo. Y eso se vuelve motivo de satisfacción para mí.
De repente, con un cambio en la voz apenas perceptible, me pide:
-Por favor.
Tenía que ayudarlos. A los dos.
El expediente médico y las radiografías llegaron a mi consultorio en menos de una hora, y rompí el sobre pensando, de manera estúpida, que tal vez habría algo adentro que me permitiera reconocer a Denisse.
Pero, por supuesto, sólo contenía varias imágenes de tecnología avanzada del cerebro de ella. Irónicamente, creí haber entrado antes en su interior. Sin embargo, la mente no es un órgano. El cerebro no es donde reside el alma. Y entonces, el médico que hay dentro de mí enfureció. Incluso las primeras tomografías indicaban evidencia de neoplasia. ¿A que tipo de imbécil había consultado? Hojeé con rapidez las notas, pero sólo encontré la habitual jerga antiséptica que usan los médicos. La paciente, una persona del sexo femenino, de entonces 31 años de edad, casada, acudió primero con un tal profesor Luca Vingiano quejándose de dolores de cabeza muy fuertes. Él atribuyó la causa a estrés emocional y prescribió tranquilizantes. Era irrebatible que había alguna tensión indeterminada en la vida de Denisse. Quizá movido por un interés egoísta, supuse de inmediato que tenía que ver con su matrimonio, porque a pesar deque ella aparecía con su esposo en todas las fotografías como una especia de figura conyugal decorativa, siempre se empeñaba en tener vida propia, muy al margen de la vida de él. En cambio, Marco era un personaje público. Su coloso transnacional, FAMA, además de ser el fabricante de automóviles mas grande de Argentina, abarcaba también la industria de la construcción, la siderurgia, los seguros y el campo editorial.
En varias ocasiones habían corrido rumores en la prensa que lo relacionaban con una que otra mujer talentosa, pero las fotografías siempre fueron tomadas en fiestas de beneficencia, así que tal vez se trataba únicamente de especulaciones.
Sin importar cuál fuera la realidad, la insinuación era como un cerillo encendido para la explosión de mis emociones, y preferí atribuir la angustia diagnosticada por Vingiano al desamor de su esposo.
Me obligué a continuar leyendo el historial. Denisse había adelgazado durante un largo tiempo antes de que Vingiano la tomara en serio y la enviara con un neurólogo en Madrid, cuyo nombre estaba precedido por un Don. Él descubrió el tumor, sin duda, pero declaró que ya no se podía hacer nada.
Eso me convirtió en el ultimo recurso. Y me provocó una sensación desagradable.
Era cierto que, en varias ocasiones, la técnica genética de la que yo era el precursor había logrado revertir el crecimiento tumoral al duplicar ADN con el defecto corregido. Sin embargo, ahora, por primera vez, entendí perfectamente por qué los doctores no deben tratar a personas cercanas a ellos. De pronto perdí la fe en mi capacidad y dolorosamente cobré conciencia de mi propia ignorancia. No quería que Denisse fuera mi paciente.
No habían transcurrido ni siquiera 15 minutos desde que me entregaron el sobre, cuando el teléfono sonó.
-Y bien, doctor Babiano, ¿qué opina?
-Lo siento. No he tenido tiempo para revisar todo el historial.
-¿Acaso un vistazo no es suficiente para que sepa todo?-
Él tenía toda la razón.
-Señor Conti, lamento decirle que concuerdo con su médico en Madrid. Esta clase de tumor es incurable.
-Excepto por usted-me dijo.
Creo que esperaba que lo dijera.
-¿Puede recibirla hoy?
Miré mi libro de citas. ¿Por qué miraba cuando sabía que iba a acceder a sus exigencias?
-¿Qué le parece a las dos?-Le dije. Debí haber adivinado que Marco iba a mejorar la propuesta.
-Nuestro departamento esta a solo unos minutos de su consultorio. Podemos llegar de inmediato.
-De acuerdo-me di por vencido. Terminemos de una vez.
Cinco minutos después, mi secretaria timbró para anunciar al señor Marco Conti y a su esposa. El corazón empezó a latir desbocado. En segundos, la puerta de mi consultorio se abriría...y con ella una ola de recuerdos.
Primero, lo vi a él: alto, imponente y de un gran temple. El cabello le empezaba a llegar por la sien. Me saludó con un movimiento de cabeza y presentó a su esposa como si yo no la conociera.
Miré atentamente el rostro de Denisse. A primera vista, parecía no haber cambiado mucho con el tiempo. Los ojos despedían la misma vida con la que me llenó. No pude descubrir sus emociones, sin embargo, poco a poco fui dándome cuenta de que había algo diferente.
Tal vez lo imaginé, pero me dio la impresión de que dejaba ver un cansancio y una tristeza indefinida que no se relacionaba con su enfermedad. Para mi forma de ver las cosas, era la manifestación de una existencia vivida en el extremo opuesto de la felicidad.
Di unos pasos hacia delante con torpeza, o al menos así pareció y dije en voz baja.
-Me da gusto volverte a ver.
En realidad, cuando tuve noticias de que iba a venir a verme después de todos estos años, casi imaginé que iba a tratarse de un acto de reconciliación.
Me pregunto que ideas cruzarán por su mente: ¿Considerará este encuentro nada más como una tentativa desesperada por salvar su vida? O tal vez, aunque su destino sea morir, desea verme una vez tanto como yo lo deseo.
¿Y su esposo? Aun en el dado caso que no le hubiese contado nada acerca de la relación que ella y yo tuvimos hace años, sin duda lo tendría que hacer ahora.
Pero sin importar lo que el piense de mí -y los sentimientos que tenga hacia mí- no podría impedir que nos reuniéramos. Después de todo, él es un hombre acostumbrado a tener todo lo mejor, y creo que en este ámbito soy el numero uno.
Ella es 5 años menor que yo, tiene 32 años, y a juzgar por los reportajes en los periódicos, es igual de hermosa o más de lo que yo recuerdo.
Se ve radiante. Demasiado llena de vida para estar gravemente enferma. Para mi, ella siempre ha sido la quinta esencia de la fuerza vital.
La actitud de Conti es formal y cortés mientras hablábamos por teléfono. Al hablar de su esposa, su voz no deja ver ningún tipo de sentimiento. En cambio, da por hecho que me pondré a su disposición.
-La señora Conti tiene un tumor cerebral, ¿podría usted recibirla enseguida?
Sin embargo, detrás de toda esa arrogancia, casi puedo reconocer que yo tengo un poder que él no tiene. A pesar de ser un hombre de negocios exitoso, no tiene facultad para hacer pactos con el Ángel de la muerte y vencerlo. Y eso se vuelve motivo de satisfacción para mí.
De repente, con un cambio en la voz apenas perceptible, me pide:
-Por favor.
Tenía que ayudarlos. A los dos.
El expediente médico y las radiografías llegaron a mi consultorio en menos de una hora, y rompí el sobre pensando, de manera estúpida, que tal vez habría algo adentro que me permitiera reconocer a Denisse.
Pero, por supuesto, sólo contenía varias imágenes de tecnología avanzada del cerebro de ella. Irónicamente, creí haber entrado antes en su interior. Sin embargo, la mente no es un órgano. El cerebro no es donde reside el alma. Y entonces, el médico que hay dentro de mí enfureció. Incluso las primeras tomografías indicaban evidencia de neoplasia. ¿A que tipo de imbécil había consultado? Hojeé con rapidez las notas, pero sólo encontré la habitual jerga antiséptica que usan los médicos. La paciente, una persona del sexo femenino, de entonces 31 años de edad, casada, acudió primero con un tal profesor Luca Vingiano quejándose de dolores de cabeza muy fuertes. Él atribuyó la causa a estrés emocional y prescribió tranquilizantes. Era irrebatible que había alguna tensión indeterminada en la vida de Denisse. Quizá movido por un interés egoísta, supuse de inmediato que tenía que ver con su matrimonio, porque a pesar deque ella aparecía con su esposo en todas las fotografías como una especia de figura conyugal decorativa, siempre se empeñaba en tener vida propia, muy al margen de la vida de él. En cambio, Marco era un personaje público. Su coloso transnacional, FAMA, además de ser el fabricante de automóviles mas grande de Argentina, abarcaba también la industria de la construcción, la siderurgia, los seguros y el campo editorial.
En varias ocasiones habían corrido rumores en la prensa que lo relacionaban con una que otra mujer talentosa, pero las fotografías siempre fueron tomadas en fiestas de beneficencia, así que tal vez se trataba únicamente de especulaciones.
Sin importar cuál fuera la realidad, la insinuación era como un cerillo encendido para la explosión de mis emociones, y preferí atribuir la angustia diagnosticada por Vingiano al desamor de su esposo.
Me obligué a continuar leyendo el historial. Denisse había adelgazado durante un largo tiempo antes de que Vingiano la tomara en serio y la enviara con un neurólogo en Madrid, cuyo nombre estaba precedido por un Don. Él descubrió el tumor, sin duda, pero declaró que ya no se podía hacer nada.
Eso me convirtió en el ultimo recurso. Y me provocó una sensación desagradable.
Era cierto que, en varias ocasiones, la técnica genética de la que yo era el precursor había logrado revertir el crecimiento tumoral al duplicar ADN con el defecto corregido. Sin embargo, ahora, por primera vez, entendí perfectamente por qué los doctores no deben tratar a personas cercanas a ellos. De pronto perdí la fe en mi capacidad y dolorosamente cobré conciencia de mi propia ignorancia. No quería que Denisse fuera mi paciente.
No habían transcurrido ni siquiera 15 minutos desde que me entregaron el sobre, cuando el teléfono sonó.
-Y bien, doctor Babiano, ¿qué opina?
-Lo siento. No he tenido tiempo para revisar todo el historial.
-¿Acaso un vistazo no es suficiente para que sepa todo?-
Él tenía toda la razón.
-Señor Conti, lamento decirle que concuerdo con su médico en Madrid. Esta clase de tumor es incurable.
-Excepto por usted-me dijo.
Creo que esperaba que lo dijera.
-¿Puede recibirla hoy?
Miré mi libro de citas. ¿Por qué miraba cuando sabía que iba a acceder a sus exigencias?
-¿Qué le parece a las dos?-Le dije. Debí haber adivinado que Marco iba a mejorar la propuesta.
-Nuestro departamento esta a solo unos minutos de su consultorio. Podemos llegar de inmediato.
-De acuerdo-me di por vencido. Terminemos de una vez.
Cinco minutos después, mi secretaria timbró para anunciar al señor Marco Conti y a su esposa. El corazón empezó a latir desbocado. En segundos, la puerta de mi consultorio se abriría...y con ella una ola de recuerdos.
Primero, lo vi a él: alto, imponente y de un gran temple. El cabello le empezaba a llegar por la sien. Me saludó con un movimiento de cabeza y presentó a su esposa como si yo no la conociera.
Miré atentamente el rostro de Denisse. A primera vista, parecía no haber cambiado mucho con el tiempo. Los ojos despedían la misma vida con la que me llenó. No pude descubrir sus emociones, sin embargo, poco a poco fui dándome cuenta de que había algo diferente.
Tal vez lo imaginé, pero me dio la impresión de que dejaba ver un cansancio y una tristeza indefinida que no se relacionaba con su enfermedad. Para mi forma de ver las cosas, era la manifestación de una existencia vivida en el extremo opuesto de la felicidad.
Di unos pasos hacia delante con torpeza, o al menos así pareció y dije en voz baja.
-Me da gusto volverte a ver.
Etiquetas: Lo mejor de mi vida







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